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Que hay detrás de la Tamaleada de fin de año. Parte 1

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“El tamal es un platillo muy preciado, con gran connotación en la cultura indígena; es un legado milenario de la época precolombina que logró sobrevivir al mestizaje durante la Colonia”.

Con esas palabras, Dayana Morales, antropóloga y arqueóloga del Centro de Patrimonio Cultural, describe el valor cultural y patrimonial que representa un platillo que, año con año, forma parte de las delicias de las mesas costarricenses, en época navideña: el tamal.

La base de este platillo tradicional es el maíz, por lo que su preparación para esta época responde a la abundancia de este producto. Como parte de la tradición agrícola costarricense, era común su producción para autoconsumo en parcelas y fincas. El maíz tiene dos cosechas; la última del año es en noviembre y diciembre, lo que permite a las familias costarricenses comer un rico tamal.

La tamaleada. Cuando los brazos están cansados de revolver la masa en el fuego o fogón de leña, y la carne despide un delicioso olor que invita a una “probadita”, empieza “la tamaleada”, nombre que recibe el proceso de preparación de los tamales, en el que se requieren de muchas manos para salir adelante con esta tarea.

Cualquiera que participó en una tamaleada sabe que es una elaboración compleja, por lo tanto, implica planificar las compras de ingredientes, el espacio -que muchas veces es un lugar abierto, o el patio de la casa-, quiénes los van a preparar y hasta los utensilios apropiados para la faena.

“Inclusive las ollas utilizadas comúnmente no funcionan para esto, entonces es conocido el término ‘la olla tamalera’; es la olla más grande que está reservada para cocinar tamales o la olla de carne, que son platillos para muchas personas. La tamaleada implica planificar con tiempo, por lo que se convirtió en un evento de tradición familiar”, afirmó Dayana Morales.

Morales definió ciertos roles que se dan durante la preparación de los tamales. Las tareas se reparten entre los miembros de la familia y se conforma esa especie de producción en cadena, que resulta más eficiente.

“Participar en la tamaleada familiar permite la transmisión de los saberes ligados a la cocina tradicional, así como reconocer el importante rol de la familia como responsable de la salvaguardia, no solo de la receta familiar, sino también, de una de las manifestaciones culturales más queridas por los costarricenses”, destacó la funcionaria de la Unidad de Patrimonio Cultural Inmaterial.

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